Práctica 9: Creación literaria con IA.

Al utilizar el siguiente prompt en Chat GPT:

Crea un cuento en cinco párrafos que comience del siguiente modo: "El dragón exhaló su primera bocanada y el aliento despeinó el cabello dorado de la joven guerrera".

La plataforma de inteligencia artificial nos devuelve este texto:

La joven guerrera, de nombre Elara, se enfrentaba al imponente dragón que custodiaba la entrada a un antiguo reino. Con valentía, desenvainó su espada centelleante y se preparó para el desafío que se avecinaba. El dragón, de escamas relucientes, exhaló su primera bocanada de fuego, pero Elara, con agilidad, logró esquivar el ardiente aliento que despeinó su cabello dorado. Determinada, avanzó con destreza, buscando la manera de derrotar a la bestia y liberar al reino de su amenaza.

El rugido retumbante del dragón resonó en el aire mientras Elara luchaba con valentía. Se dio cuenta de que no solo enfrentaba a una bestia, sino también a sus propios miedos internos. Con astucia, descubrió la debilidad del dragón: una escama en su pecho vulnerable. Aprovechando esa revelación, lanzó su espada con precisión, impactando en el punto débil y debilitando al imponente ser alado.

El dragón, herido pero no vencido, retrocedió momentáneamente. Elara, con determinación, se acercó para comunicarse con la bestia, descubriendo que el dragón no era malvado por naturaleza, sino un guardian de la entrada que protegía un antiguo secreto. Juntos, decidieron buscar una solución pacífica para salvaguardar el reino sin más derramamiento de sangre.

El sol se puso sobre el horizonte, marcando el fin de la batalla y el comienzo de una alianza improbable entre la joven guerrera y el dragón. Juntos, emprendieron una nueva misión para preservar la paz y la armonía en el reino, demostrando que incluso las apariencias más temibles pueden albergar nobleza y sabiduría.

💅Vamos a mejorarlo:

El roce de las hojas con el viento hacía ya muchos siglos que susurraba una misma canción: Elara. Ella era ese lugar porque, como si fuera una semilla de cualquier fruto que los petirrojos habían dejado caer sobre la hojarasca originando, sin saberlo, un ciclo de vida infinito, nació la mayor leyenda que nunca haya existido. Ese mismo lugar que la vio nacer, también la vería bailar con la muerte, jugar con la valentía enfrentándola a sus más temidos demonios. Todos sus miedos tomaron una única forma, de dragón. Aquella bestia custodiaba desde tiempos inmemoriales la entrada a Celestria, su hogar, pero Elara llevaba mucho tiempo preparándose para vencer y volver a casa, o morir y fundirse entre fresnos, espinos blancos y saúcos. Había imaginado ese momento cientos de veces, pero en ninguna de ellas la invadió ese sentimiento que se apoderó de su ser. De repente, se creyó invencible. Esa luz interior que emanaba de sí de manera casi involuntaria, la hacía actuar como una autómata todopoderosa. Desenvainó su espada, que parecía de otro mundo, y se preparó para el desafío que tanto tiempo llevaba esperando. El dragón, de escamas relucientes, exhaló su primera bocanada de fuego, pero Elara, con agilidad, logró esquivar el ardiente aliento que le calentó hasta lo más profundo de sus entrañas. Determinada, avanzó con destreza, buscando la manera de derrotar a la bestia. Miraba fijamente a ese ser cruel y despiadado, y como si fuese traslúcido, tras de sí podía distinguir el rostro inquebrantable de su madre esperando su victoria, anhelando el momento de soltar su armadura de reina, la que mantenía alta la moral del pueblo, para ser, al menos por un instante, tan solo madre.

El rugido retumbante del dragón resonó en el aire, también en Celestria, pero nada iba a hacer a Elara desistir de su objetivo, su destino. Sabía que no solo enfrentaba a una bestia, también a sus demonios internos. Pero el bosque la había hecho perspicaz. Descubrió la que podría ser la única debilidad de aquella bestia: una escama que se desprendía de su pecho. Aprovechando esa revelación, lanzó su espada con precisión, impactando en el punto débil y debilitando al imponente ser alado.

El dragón, ya herido, retrocedió momentáneamente. De repente, un impulso se adueñó de su voluntad, y casi sin decidirlo se vio a sí misma caminando hacia la bestia, desprovista de su espada. Es como si sus almas estuviese conectadas, como si lo hubiesen estado siempre. A Elara le dolía el pecho de la misma forma que al dragón. Tenía una daga clavada en lo más profundo de sí. Cuando se encontró lo suficientemente cerca, apoyó la palma de su mano en el pecho de aquel ser que ya no le infundía miedo, sino una especie de serenidad sobrenatural. ¿Estaba muriendo? ¿Lo estaba haciendo también el dragón? Entonces se sintió ella, muy ella. Era ella en su más pura esencia. Era ella desprovista de artificios. Era ella sintiéndose muy grande, muy fuerte y muy poderosa. Seguía con los ojos cerrados. También el dragón se encontraba así. Pero Elara podía ver más de lo que nunca había visto. Era ella de niña. Estaba con sus padres y Merlindor, el hechicero que desde hacía siglos salvaguardaba el reino de maldiciones enemigas. Merlindor le decía a sus padres que Elara tenía miedo, había sido concebida con miedo y ese sentimiento se había implantado en ella como si se tratara de una semilla. Elara no podrá reinar así, sería el final de Celestria–les dijo Merlindor– Dejádmelo a mí. Los reyes se abrazaban, lloraban, gritaban, como si la hubiesen perdido para siempre. El hechicero llevó a la pequeña Elara a vivir al bosque sola, y con el cometido de enfrentarse a un terrible dragón que se había hecho del acceso al reino, dejando encerrados a todos sus habitantes.

Elara supo que esa bestia que la alejaba de su hogar eran sus propios miedos.

El sol se puso sobre el horizonte, marcando el fin de la batalla y el comienzo de una alianza improbable entre la joven guerrera y el dragón. Ella y sus miedos, de la mano. No había hechizo más fuerte que protegiera a su anhelado hogar.



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